El mar recordó ¡de pronto! los nombres de todos sus ahogados

Stefan Zweig se suicidó en 1942 en Brasil. No fue tanto el convencimiento de que Hitler acabaría sometiendo al mundo y ni con el Atlántico de por medio podría escapar a su horror -que también-, sino la desolación que le aplastaba tras años empapándose de la barbarie en la que se estaba quebrando la Europa en la que tanto creyó. En 1936, camino de su exilio, pasó por Vigo pocas semanas después del alzamiento contra la República y le dedicó unas pocas líneas a lo que allí presenció. Nada más propio que leer sus palabras inmortales un 14 de abril. Es un párrafo largo, pero merece el esfuerzo. Sólo así conseguiremos que, como soñase Lorca, el mar recuerde ¡de pronto! los nombres de todos sus ahogados.

“Las últimas horas pasadas en Europa antes de aquel viaje me exhortaron a ponerme en camino con un nuevo y serio aviso. En aquel verano de 1936 había estallado la guerra civil española, la cual, vista superficialmente, sólo era una disensión interna en el seno de ese bello y trágico país, pero que, en realidad, era ya una maniobra preparada por las dos potencias ideológicas con vistas a su futuro choque. Había salido yo de Southtampton en un barco inglés con la idea de que el vapor evitaría la primera escala, en Vigo, para eludir la zona en conflicto. Sin embargo, y para mi sorpresa, entramos en ese puerto e incluso se nos permitió a los pasajeros bajar a tierra durante unas horas. Vigo se encontraba entonces en poder de los franquistas y lejos del escenario de la guerra propiamente dicha. No obstante, en aquellas pocas horas pude ver cosas que me dieron motivos justificados para reflexiones abrumadoras. Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas y vestidos con sus ropas campesinas, traídos seguramente de pueblos vecinos. De momento no comprendí para qué los querían. ¿Eran obreros reclutados para un servicio de urgencia? ¿Eran parados a los que allí daban de comer? Pero al cabo de un cuarto de hora, los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas; bajo la vigilancia de unos oficiales fueron cargados en automóviles igualmente nuevos y relucientes y salieron como un rayo de la ciudad. Me estremecí. ¿Dónde lo había visto antes? ¡Primero en Italia y luego en Alemania! Tanto en un lugar como en otro habían aparecido de repente estos uniformes nuevos e inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más me pregunté: ¿quién proporciona y paga esos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes anémicos? ¿Quién los empuja a luchar contra el poder establecido, contra el parlamento elegido, contra los representantes legítimos de su propio pueblo? Yo sabía que el tesoro público estaba en manos del gobierno legítimo, como también los depósitos de armas. Por consiguiente, esas armas y esos automóviles tenían que haber sido suministrados desde el extranjero y sin duda habían cruzado la frontera desde la vecina Portugal. Pero, ¿quién los había suministrado? ¿Quién los había pagado? Era un poder nuevo que quería el dominio, el mismo poder que actuaba aquí y allá, un poder que amaba la violencia, que necesitaba la violencia y que consideraba debilidades anticuadas todas las ideas que nosotros profesábamos y por las cuales vivíamos: paz, humanidad, entendimiento mutuo. Eran grupos secretos, escondidos en sus despachos y consorcios, que cínicamente se aprovechaban del idealismo ingenuo de los jóvenes para sus ambiciones de poder y sus negocios. Era una voluntad de imponer la fuerza que, con una técnica nueva y más sutil, quería extender por nuestra infausta Europa la vieja barbarie de la guerra. Una sola impresión óptica, sensorial, siempre causa más impacto en el alma que mil opúsculos y artículos de periódico. Y en el momento en que vi cómo instigadores ocultos proveían de armas a aquellos muchachos jóvenes e inocentes y los lanzaban contra muchachos también jóvenes e inocentes de su propia patria, tuve el presentimiento de lo que nos esperaba, de lo que amenazaba a Europa. Cuando, al cabo de unas horas de parada, el barco desatracó de nuevo, corrí a mi camarote. Me resultaba demasiado doloroso seguir viendo ese hermoso país que había caído víctima de una horrible desolación por culpa de otros; Europa me parecía condenada a muerte por su propia locura, Europa, nuestra santa patria, cuna y partenón de nuestra civilización occidental”.

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La excusa arqueológica

De T.E. Lawrence conocemos ampliamente su participación en la causa árabe, la prosaica muerte sobre ruedas que puso fin a su homérica vida y, ya en el plano truculento, el aquelarre sexual del que fue involuntario protagonista en el breve cautiverio al que le sometieron los turcos en Dera, cuestión que hubo de marcarle el resto de sus días. Sabemos algo menos de su formación arqueológica y del acicate académico que ya en 1909 le arrastró al desierto del que acabaría enamorándose. Y es que el que más tarde transfigurara en las crónicas como Lawrence de Arabia había estudiado Historia e investigaba en su tesis sobre la influencia del movimiento cruzado en la arquitectura europea. Junto a un joven Leonard Woolley, célebre por sus futuras excavaciones en la Ur caldea, peinó la frontera sirio-turca en busca de yacimientos, aprendiendo en el interín el idioma y los modos agarenos que tan bien habrían de servir a su distintiva mímesis con el paisanaje local. Especial dedicación puso en estas campañas al dibujo de las fortificaciones de factura cristiana que aún resistían en pie casi ocho siglos después de sus santas tropelías. En 1913, durante el receso invernal de los trabajos en las ruinas hititas de Karkemish, él y Woolley son reclamados por Sir Frederick Kenyon, el influyente director del British Museum, quien les propuso integrarse en una expedición al Desierto de Zin -Península del Sinaí- que tendría por objeto la cartografía de los vestigios que sobre el paisaje arrojasen luz acerca de los relatos bíblicos. El emplazamiento de Kadesh Barnea, el mítico oasis en el que los judíos acamparan 38 años tras su huida de Egipto, reclamaba particular atención. Eso les dijeron. Revistiendo de mayor sacralidad tales propósitos es significativo que las tareas se iniciasen el día de Navidad de ese mismo año. La gestación de esta aventura, sin embargo, había comenzado bastantes meses atrás y en otros despachos. Lord Kitchener, afamado militar, Gobernador General de Egipto y Sudán y ex topógrafo del Real Cuerpo de Ingenieros británico, jugaba con sus fichas sobre el tablero e intuía que en la inminente guerra los turcos de Palestina se alinearían con las tropas alemanas. En la partida por el Sinaí entendía determinante un exhaustivo levantamiento topográfico de un área hasta entonces inexplorada donde además planeaba la construcción de un tendido ferroviario. Los caballos no iban a bastar en el tipo de conflicto que se cocinaba. Hacer esto bajo las barbas turcas se antojaba temerario hasta que, poseído por una idea beatífica, urdió recurrir al Fondo de Exploración de Palestina. A esta institución le pareció magnífico documentar las huellas del éxodo hebreo sobre el terreno y prestó su logística a tal noble fin. Fueron ellos los que contactaron con el citado Kenyon, una eminencia en estudios bíblicos. Por supuesto Kitchener no había hecho mención al trasfondo bélico del asunto, juzgándolo seguramente un detalle baladí. Es difícil saber si Lawrence ignoraba la verdadera motivación de este proyecto, tanto como afirmar que conocía la existencia del Tratado Sykes-Picot que desgajó el territorio arábigo mientras cabalgaba con las tribus beduinas por un Estado Árabe independiente. En cualquier caso, parece que la arqueología había resultado una oportuna excusa.

Imagen tomada de Huffingtonpost.com

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Con esta digresión, desaconsejablemente extensa, no existe otra pretensión que la de desnudar una evidencia cuyo rastro puede seguirse hasta nuestros días: el carácter vasallático de la arqueología.  Es cierto que la disciplina no es la misma que en estos épicos y nada ortodoxos inicios, del relato de aventuras y búsqueda de tesoros se ha evolucionado –con la incorporación de una metodología afín en lo posible a los códigos científicos– a una verdadera ciencia histórica que persigue la construcción de conocimiento desde la materialidad rescatada al pasado. Este principio subordinado que explotara Lord Kitchener, empero, se ha mantenido inalterable. Hubo por ejemplo una arqueología de aristócratas. Eruditos que ponían su fortuna al servicio de una campaña de excavación, empeñándose en ocasiones, en aras de satisfacer su interés personal y su no menos interesado afán coleccionista. También se pusieron a ello grandes instituciones museísticas, transatlánticos que siguieron la tranquila estela que dejaba la avanzadilla de los buques de guerra colonialistas, y en cuyos trabajos hemos de advertir voluntad de estudio pero también una indisimulada pugna por ganar prestigio frente a otras organizaciones colegas dentro del escenario político europeo. Se anticipaba también en la anécdota de Lawrence el fervor que inspiró el origen de la llamada arqueología bíblica, orientada únicamente al hallazgo de las respuestas que se ajustaran con precisión a las preguntas que dictaba el Libro. No hay que olvidar tampoco el papel de las civilizaciones pretéritas en la construcción nacionalista de los estados contemporáneos. Algo nos suena en este país. Es por tanto esta utilización dirigida de la labor arqueológica, tan alejada de lo que cabría esperar de cualquier otra investigación académica, en cuyo resultado neto no hemos de ver sino la contribución de saber per se a la Humanidad –la otra parte de este diálogo– y la posible aplicación práctica de éste, lo que se invita a cuestionar desde estas líneas.

Yacim

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Obviando la minúscula parcela de proyectos que se programan estacionalmente desde los departamentos universitarios, en algunos de los cuales podemos adivinar un carácter promocional dependiendo de quién haya extendido el talonario, el grueso de intervenciones de los últimos –al menos– quince años hay que atribuirlas a las manos privadas. Y esto ha sido así incluso cuando había presupuesto, aquel paraíso perdido donde ahora nos dicen que campaban vacas gordas. ¿La causa? Tan sencillo como duro. La herramienta cultural que aporta la actividad del arqueólogo nunca ha sido concebida como una inversión futurible por una Administración que tan sólo acaba aceptando este desembolso como una forzosa pérdida, sin perspectiva de retorno económico, en una actitud en la que cuesta no interpretar un ademán de condescendencia. Una suerte de peaje obligatorio que se admite como garante y respaldo del Estado del bienestar. Y poco más. En su vertiente privada, sin embargo, el sector supo buscarse un buen socio, tan bueno que ligó su destino a éste en su salud y también en su enfermedad: la construcción. La arqueología de urgencia, en su relación con los promotores inmobiliarios, conoció muy bien el peso que acarreaba su condición de hipoteca con la que cumplir para liberar el espacio objeto de la nueva reordenación urbana. Esta reciprocidad convirtió cada ocupación en el pretexto de la otra. Cierto es que a los señores del ladrillo no le interesaban lo más mínimo aquellas piedras impertinentes que osaban invadir su subsuelo, pero pronto asumieron –algunos mejor que otros– que era un ridículo precio a pagar y que un fingido respeto a los tiempos arqueológicos, e incluso una somera adecuación de los restos, podía reportarles aún mejores condiciones y/o concesiones en su nueva obra. ¿Y los arqueólogos? Bueno, había cubrir la faceta investigadora, desde luego. Los cauces administrativos imponían con más o menos rigor la entrega de la memoria y los materiales de excavación, pero, en tanto, lo primero era lo primero: muchos contratos más aguardaban en cola. Habría tiempo más adelante para detenerse, analizar, difundir y hacer valer su objeto de estudio. Hoy sus profesionales, que ahora tienen todo ese tiempo, admitirán que el pacto no les gustaba, pero consintieron y alimentaron con ello la devaluación de su oficio. Sólo había que abonar las tasas, clinc clinc, y el peaje arqueológico se levantaba. Por supuesto formas más perfeccionadas de esta relación simbiótica entre la arqueología y la construcción ahondaron en el carácter subordinado de la primera. Así lo avalan algunas musealizaciones faraónicas que dieron rienda suelta a la acrobacia artística del arquitecto del proyecto, por lo común incompatible con el protagonismo debido a los restos excavados, o la inauguración de los centros de interpretación injustificables –en realidad sí justificaron una subvención– que salpican nuestra geografía rural y en cuya planificación nunca se contempló el día siguiente de la apertura de puertas. Alguien ha vuelto a usar la arqueología para llevar a término aspiraciones de una naturaleza ajena.

Se está hablando ahora de tomar el turismo como la excusa perfecta para la adecuación, mantenimiento e incluso incremento de los espacios arqueológicos del catálogo patrio. Excavar, conservar y divulgar para que una horda de turistas pague una entrada, induzca a estímulo la economía local y asegure la pervivencia del yacimiento visitado parece un fin más elevado que todo lo anteriormente expuesto. Pero, ¿qué pasara si este compañero de viaje también falla en el futuro? ¿Por qué ha de haber un pretexto? Tal vez sea momento de abandonar la vía de las disculpas, sacudir las inseguridades y creerse el mensaje que se quiere vender. Porque sí. Leía hace poco que gracias a las nuevas tecnologías nos informamos al segundo para poder olvidar al instante. Olvidamos muy pronto y la información no vale nada. Un primer paso muy sólido sería reconocer aquí el origen del desinterés general y empezar a trabajar en el remedio.

Matar dragones

Sé que García de Cortázar -el contemporaneísta- acostumbra a rematar sus conferencias con una anécdota recurrente cuando aborda la tan sobada utilidad de la disciplina histórica en nuestros días. Hablo, para afinar, de la conveniencia de estudiar o no Historia en las universidades en pleno paseo triunfal tecnológico. Otra vez la dichosa funcionalidad. La Tercera Ola de Toffler, que se quiso interpretar como un despertar de la súperconsciencia, más bien parece decidida a barrer lo que de humanidad le queda a la Humanidad, incluyendo aquí su memoria, resultando difícil oponer cualquier objeción. Aun la de García de Cortázar. Éste nos sitúa en una escuela para matar dragones. Hay un programa debidamente reglado, una razonable carga teórica y los alumnos van superando las distintas asignaturas y cursos que con los años los habrán de instruir en el arte de cazar a estos grandes saurios alados. Una gran fortuna es una gran servidumbre. Seguramente por eso, por las riquezas que se esperan obtener de tan valeroso lance, nadie encuentra reparos a esta oferta educativa. Alguien, el más espabiladillo y ya en su último curso, da con el pero: los dragones no existen. El maestro, al que la respuesta parece obvia, lo lleva aparte, pienso que más preocupado por la reputación del alumno que por la vergüenza propia, y allí recibe la lección final. Claro que no existen, chico, pero cuando te gradúes tú también podrás montar una escuela para matar dragones y enseñar a otros.

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Imagen tomada de OliBac en Flickr

Y eso era todo. Reconozco que me indignó una actitud tan complaciente en un doctor en Historia. Me quedé esperando que la organización dispusiera a todos los asistentes en fila india para recibir sus palmaditas en la espalda. Estudiar Humanidades es sólo una carrera de relevos. Suda, esfuérzate, corre muchacho, pásale tu carga a otro y ahora, por fin, relájate. Descansa. No hay magia, no hay ningún poder transformador en el asunto, it’s only business. Hace poco, pasados ya algunos años de una ponencia que tuvo lugar en nuestros buenos tiempos, reinterpreté a de Córtazar. O tal vez a mí mismo, porque lo necesitaba y porque me consta que él sigue contando lo mismo. Claro que existen los dragones. Siempre han estado ahí. Se esconden cuando son derrotados pero reaparecen con redoblada saña cuando se cierra la última escuela que enseña cómo darles muerte. Se dice también del diablo que su mayor ardid es habernos convencido de su inexistencia. El emérito catedrático sólo querría que guardáramos el secreto, que estuviéramos preparados para cuando aparezcan, que no nos confiáramos. Seguro. ¿Por qué íbamos a desconfiar de él? A veces vestirse de actor secundario es la única forma de sobrevivir. La preciada técnica antidragones debe seguir transmitiéndose con normalidad, sin llamar la atención, en las academias afines. Para cuando vuelvan. El olor a azufre nos advertirá.